sábado, 1 de marzo de 2014

#3 - Adoptar un perro de la calle

En diciembre de 2006, un auto atropelló a mi perra en la esquina de casa. Hicimos todo lo que pudimos, pero no hubo manera de recuperarla.
Sufrimos mucho cuando se nos fue.
Algunos meses después, cuando esa tristeza aún no se nos había ido del todo, encontré una perrita en la plaza del barrio. En realidad diría que ella me encontró a mi, porque vino directamente a mis pies y empezó a querer jugar. Yo estaba volviendo de la escuela, y me acuerdo que llovía un montón. La agarré, me embarró, nos miramos, y su mirada me hizo acordar tanto a esa perra que no lo dudé y me la traje conmigo a casa.
Mamá puso el grito en el cielo.
Yo prometí vanamente encontrarle un hogar adoptivo.
Ya han pasado siete años y la perra en cuestión sigue en casa.
La Chiqui (así le quedó porque nunca creció demasiado) es una perra inquieta que ladra mucho, siempre esta ensuciándose con algo, toma el agua podrida de la pileta y se escapa por el barrio cada vez que puede. En la calle se pone a oler a todos los perros y todos los árboles que puede, y es tan ágil la muy maldita que no hay forma de agarrarla. Nos termina ganando por cansancio.
Pero también es cierto que es cariñosa, que siempre se pone panza arriba para que la acariciemos y que se siente la guardiana de la casa. Nunca nos ha gruñido y ni siquiera por acto reflejo se le ocurriría tirarnos un tarascón.
Cuando vuelvo de mis viajes me recibe loca de alegría, como si me hubiera estado esperando todo ese tiempo.
Me quiere, la quiero.
Y el día que no esté más, la vamos a extrañar mucho.






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